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Dos años sin Chávez

No son pocos los decepcionados de Chávez y de su sucesor.

La partida física de Hugo Chávez sirve para contrastar la dicotomía que vive Venezuela: la de un gobierno que dice mantener su legado y la de una parte de los venezolanos desencantados de él.

Sus manos se apoyaban sobre el negro y frío mármol con el que está cubierto el féretro. Por segundo año, Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, le rindió honores a Hugo Chávez, quien antes de morir lo designó su heredero político.

En el Cuartel de la Montaña, en Caracas, donde Chávez se entregó tras el fallido golpe de Estado que intentó en 1992, reposan sus restos.

Desde abril de 2013, cuando Maduro ganó la presidencia, ha intentado mantener el “legado del comandante eterno”, como le llaman sus seguidores.

Pero lejos de caminar hacia el “mar de la suprema felicidad” como prometió Chávez a los venezolanos, estos sufren una crítica situación económica.

Maduro carga sobre sus hombros y alienta un modelo económico inviable sustentado en el llamado “Socialismo del siglo XXI”.

Las promesas de Chávez, y la realidad que se vive tras su muerte, quizás le habrán venido a la mente a Luis Pereda quien desde el oriente de Venezuela, en la isla de Margarita, vio a Maduro rindiendo tributo a Chávez por la prensa o la televisión.

Desde hacía 15 años Pereda, pescador de oficio en la semana, vendía cocos los fines de semana por necesidad frente a los restaurantes que había en playa El Agua, uno de los lugares más populares para turistas nacionales y extranjeros.

Pero ahora no sabe cómo ganará dinero, porque el gobierno de Maduro demolió los locales comerciales privados, con la promesa de construir un bulevar más atractivo para el turismo.

“Uno lo que anda es llorando porque ahora no tiene trabajo. Esto se ha caído por este gobierno, todo lo ha echado a perder. Yo voté por los dos, por Chávez y Maduro, pero estoy arrepentido por lo que están haciendo”, dijo a la Voz de América.

Teme que cuando las obras estén listas no lo dejen estar frente a la playa vendiendo cocos.

“Aquí va a estar mucha gente de real y no nos van a dejar entrar a trabajar”, agregó.

El parecer de Pereda contrasta con lo prometido por el chavismo: igualdad para todos.

En lo único que hay igualdad hoy en Venezuela es en la dificultad para conseguir alimentos, y en que durante el año que culminó su valor se incrementó en 102,5% según cifras oficiales.

A los chavistas ni siquiera la oración creada en honor a su líder los ha salvado de esa realidad que perciben en sus bolsillos cuando de llevar el pan a casa se trata.

“Danos hoy tu luz para que nos guíe cada día, no nos dejes caer en la tentación del capitalismo, mas líbranos de la maldad de la oligarquía, (…) Por los siglos de los siglos amén. Viva Chávez”, invocaron en septiembre pasado por primera vez, sin ver resultados.

El gobierno, encargado de continuar con lo que llaman “su legado”, se ha ocupado en el último año de demostrar, a los venezolanos y al mundo, que hay confabulaciones que intentan separar a Maduro del poder, postergando por esta causa, de forma recurrente, la toma de decisiones para hacer frente a la crisis.

Diversos voceros del oficialismo han dedicado su tiempo a promover la confrontación política con la oposición venezolana y constantemente con países como Estados Unidos.

Maduro incluso pidió este 5 de marzo, durante uno de los múltiples actos conmemorativos por los dos años de la muerte de Chávez, que salieran a la calle si algo le pasaba.

“Si ustedes amanecieran con una noticia de que me ha sucedido algo, salgan a la calle a restablecer la paz”, instó Maduro.

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La suprema infelicidad

Los venezolanos invierten parte de su día buscando los alimentos básicos y haciendo colas para poder comprarlos.

El gobierno de Venezuela asegura que los venezolanos son más felices ahora, aunque recientes sondeos de opinión reflejan lo contrario.

El gobierno del presidente Nicolás Maduro pretende ocultar la verdad, como quien busca tapar el sol con un dedo.

Intenta desaparecer las largas colas que debe hacer la gente para comprar alimentos, aspirando así acabar con el grave problema de escasez que sufren los venezolanos, y que es reflejo de la crisis económica que no ha tenido respuesta de su parte.

Según lo dijo el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, el 13 de enero pasado, “este es un pueblo feliz y todas las encuestas lo dicen, este es un pueblo atendido”, pero la cola en el supermercado no es reflejo precisamente de lo felices que son los venezolanos.

El gobierno ha amenazado a los comercios que tengan colas fuera de los locales acusándolos de querer promover una sensación de desabastecimiento.​

Así que las colas deben hacerse adentro. El calor de medio día las agudiza porque cientos de personas, agolpadas en todos los pasillos de un automercado, deben hacer la fila dentro del local para poder comprar azúcar.​

Las empresas que permitieron colas y sensación de desabastecimiento han corrido con peor suerte, como una red de farmacias y tiendas de conveniencia, que tienen a sus ejecutivos presos e imputados por boicot y desestabilización económica, delitos con penas de hasta 12 años de prisión y confiscación de sus bienes.

“No me siento más feliz”, dice Ricardo Contreras, un obrero de 30 años. “Para ellos todo está bien, pero nosotros somos los que estamos pasando las dificultades. Tengo cuatro horas haciendo cola por dos kilos de azúcar y mi bebé en los brazos”, se queja.

Al caminar con dificultad entre las personas se repite la imagen: carritos de compra en los que el único producto que va es azúcar, y solo dos kilos por persona.

“No me siento feliz”, también repite la frase como respuesta Eduardo Sánchez, un docente de 43 años.

“¡Mira la cola que estoy haciendo! Tengo que pedir permiso en mi trabajo, y cuando no, estoy como hoy en mi hora de almuerzo haciendo cola para poder comprar”, se lamenta Sánchez.

“Ahora tenemos que hacer la cola en Farmatodo [la red de farmacia contra la que actuó el gobierno] en el sótano, en los estacionamientos para que la gente no vea la cola en la calle y vea que hay patria, como dice el gobierno”, ironiza Sánchez, recordando la frase que dijo el fallecido Hugo Chávez el 8 de diciembre de 2012 en su última alocución antes de viajar a Cuba: “¡Qué nadie se equivoque, hoy tenemos patria”.

Hay otras personas en la fila, como Carolina Martínez, una profesora de 55 años, que, para responder si es más feliz en la actualidad, se remonta a otra de las polémicas decisiones del gobierno: la creación del Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, (2013) una oficina para gestionar las “solicitudes de ayuda que recibe el presidente”.

“Más feliz no, –dice Carolina– pero yo pregunto, si un día me siento triste ¿puedo llamar al ministerio de la Felicidad para ver si me pone en buen estado, que me cuente un chiste o me resuelva mi problema? En el mundo de él quizás sean felices, pero en este no”.

En el más reciente sondeo de opinión de la empresa Delphos, 80% de los venezolanos culpa a Maduro de sus problemas.​

Pero no todos piensan igual y hay quienes, en medio de la cola, manifiestan sentirse felices.

Luis, de 40 años, y dedicado al trabajo de construcción, quien también estaba haciendo la cola en su hora de almuerzo, fue parco al responder si era más feliz ahora. “En mi caso sí soy feliz, porque tengo vida y salud”, dijo, cortando cualquier posibilidad de repregunta.

Si tenía preferencia política o no por el gobierno, Luis también estaba haciendo la cola, porque ningún venezolano, común y corriente, escapa de la realidad que los consume: la escasez, el desabastecimiento, la inflación, que el gobierno justifica haciéndose la víctima de una supuesta “guerra económica” que dice estar combatiendo para la tranquilidad de la población.

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Conseguir carne: misión imposible

Neveras vacías son constante en automercados y carnicerías en Venezuela.

 A la escasez de alimentos y productos básicos que enfrentan los venezolanos se suma ahora la de carne, que hasta ahora había sido esencial en su dieta.
“¡Aquí no se come carne, ni aquí, ni aquí tampoco!” La frase de un juego infantil tradicional venezolano refleja la realidad que enfrentan muchos de los venezolanos que ahora también sufren escasez de carne.

Luis Berríos es uno de ellos. Tiene 34 años y trabaja en el área aduanal, y ha tenido que salir de su trabajo por carne.

“Llevo tres días buscando carne”, dice al entrar en la carnicería de Miguel Simón en el este de Caracas. Es la cuarta que visita en la mañana.

“Tengo casi tres semanas sin comer carne porque no consigo y mi hijo de dos años comienza ya a comer carne. Cuando uno tiene hijos hace lo que sea necesario por alimentarlos”, dice con pesadumbre.

Berríos tiene la mitad de su vida bajo el gobierno chavista. Jamás imaginó que su realidad estaría tan cerca a la de Cuba, donde los ciudadanos no tienen acceso a la carne de res, que es considerada un artículo de lujo.

“No tengo esperanza de que esto cambie ni a corto ni a mediano plazo”, dice Berríos.

“Tengo esperanza de conseguir carne, de poder comprar lo que quiera, de no tener que hacer cola. Creo que todos los venezolanos nos merecemos eso, vivir bien. No merecemos estar en esta zozobra”.

El carnicero responde a Berríos que puede anotar su pedido en una lista y esperar cinco días a ver si le llega algo de carne.

En otras carnicerías hay carteles pegados en la nevera en los que se explica a los clientes que no ofrecen carne porque no pueden venderla a pérdida y por el “terror” a ser multados por despacharla a un precio superior al fijado por el gobierno.

Ese el mismo temor que confiesa Simón.

“Ahora trabajo con la reja abajo y a media luz porque tengo miedo de que venga algún funcionario del gobierno a sancionarme porque vendo la carne a un precio con el que pueda ganarle algo. De lo contrario tendría que cerrar”, explica Simón quien acaba de recibir un aumento del triple de lo que paga por el local que arrienda desde hace 28 años.

En febrero pasado el gobierno del presidente Nicolás Maduro fijó el precio del kilo de carne de primera en el equivalente a $1,13 dólares.

Pero Simón la compra picada en pedazos a $4 dólares por kilo, que luego vende en el equivalente a $4,07 dólares. Su ganancia es de menos de 10 centavos de dólar por kilo.

“Ellos [el gobierno] saben que la carne no puede venderse a $1,13 dólares por kilo. El mismo gobierno echó a perder la ganadería. La solución no es atacar a quienes están trabajando”, replica Simón.

En toda Venezuela se han visto afectadas por la escasez de carne unas 6.500 carnicerías que tienen sus neveras vacías. Según la Asociación Venezolana de Frigoríficos, al mes de abril de 2015 la oferta de carne ha disminuido un 74%.

Venezuela dejó de ser un país exportador de carne y autoabastecedor de su mercado después de sufrir una política de intervención y expropiación de tierras, y de controles estrictos de precios que iniciaron en 2013.

El gobierno importa más del 50% de la carne que se consume, según la Federación Nacional de Ganaderos, pero la escasez de divisas que enfrenta el gobierno le ha impedido continuar su política de importación de carne con precio subsidiado a Bs.6,30 bolívares por dólar.

Berríos prefiere apostar a su suerte y no se anota en la lista que le ofrece Simón. Sale de la carnicería a seguir buscando carne para él y su familia, quizás, aferrado a esa convicción de que los venezolanos merecen una vida mejor.

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Aunque la justicia es ciega, llegará

Después de diez meses, los venezolanos ven agravadas la inseguridad, el desabastecimiento, la escasez y la violación de derechos humanos.

La violación de derechos humanos, delito que no prescribe, es la causa de las sanciones que ejercerá Estados Unidos contra funcionarios venezolanos

La acera palpita calor, pesa en el asfalto todo el sol del día.

La gente se agolpa en la entrada de un supermercado en la avenida Francisco de Miranda, en Caracas, donde ha llegado algún producto, uno de los desaparecidos de los anaqueles desde hace semanas.

Los ánimos de los que esperan resignados, no ayudan a sobrellevar la situación. Esta tarde venden azúcar y compotas.

Algunos comerciantes deben llamar a los agentes de la policía para evitar el caos o, en el peor de los casos, custodiar sus comercios.

Mientras en Estados Unidos, el presidente Barack Obama promulga una ley que sancionará a los funcionarios del gobierno del presidente Nicolás Maduro, acusados de violar los derechos humanos de quienes manifestaron en su contra en Venezuela, entre febrero y mayo pasado.

Mario Bebilacqua, un estudiante de comunicación social de 18 años, trata de alcanzar la calle evadiendo a los que se amontonan ante la puerta del supermercado.

Al ser abordado para pulsar su opinión sobre las sanciones aprobadas por Obama, responde recordando lo que le sucedió cuando fue convocada una movilización en apoyo a la diputada opositora depuesta María Corina Machado.

“Yo fui impactado por una bomba lacrimógena de la Policía Nacional el primero de abril en Caracas”, recuerda.

Bebilacqua lleva en su frente una cicatriz de 19 puntos que le recordará, por siempre, la represión de la policía durante las protestas en Venezuela contra el gobierno de Maduro. Su mirada aunque es esquiva, muestra una rabia contenida.

“Estados Unidos tomó la decisión correcta”, remata Bebilacqua.

Por su convicción de un país diferente no se ha convertido en emigrante. Sigue su camino y desaparece entre la multitud que sale de las oficinas en el momento en el que termina una día más de trabajo.

El remolino de personas yendo y viniendo con bolsas, es síntoma de una ciudad que busca refugiarse antes de que caiga la noche, pues ésta la deja aún más expuesta ante la inseguridad.

Hay quienes evaden hablar del tema de las sanciones porque son funcionarios públicos y siguen, apurados, su camino.

Pero las plazas parecen ajenas a esa prisa.

Son, por excelencia, el lugar obligatorio de encuentro de quienes pertenecen a la llamada tercera edad.

Al caraqueño le gusta hablar, expone sus ideas, siente que tiene que decir lo que piensa.

Silfrido Gómez, un músico de 63 años, aplaude la medida que tomó Estados Unidos para sancionar a funcionarios venezolanos acusados de violar derechos humanos.

“Todo el que la hace tiene que pagarla, los ladrones, los que están perjudicando al país…”.

La ley del Talión planteada en el siglo XXI.

Pero no todo el mundo ve las cosas igual. Mabel Marimón, una trabajadora residencial de 57 años, advierte que cada país es libre de ejercer las leyes que quiera, pero dentro de su territorio.

“Que hagan lo que ellos [Estados Unidos] estimen conveniente en su país, donde ellos mandan”, sostiene Marimón.

Estos testimonios dibujan la polarización que se vive en las calles, aunque las más recientes encuestas revelan una caída en la popularidad de Maduro, desde abril de 2013 a noviembre de este año, de casi 25 puntos.

Durante las protestas registradas entre febrero y mayo asesinaron a 43 personas. Al menos 38 casos de tortura fueron denunciados ante la ONU. Ante el silencio de la mayoría de los medios de comunicación social, las redes sociales dieron cuenta, en ese momento, de terribles escenas vistas en videos grabados por aficionados.

La inseguridad, el desabastecimiento, la escasez fueron las razones que movilizaron esas protestas.

La incapacidad del gobierno, de dar solución a esos problemas, encontró una sola salida: la represión.

Desde entonces y hasta ahora viene bajando por una empinada pendiente una avalancha que el gobierno de Maduro, heredero del chavismo, pareciera no tener cómo detener: pagar por las violaciones de derechos humanos.

La Corte Penal Internacional espera con paciencia.

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Venezolanos con las alas cortadas

Cada vez son menos los venezolanos que tienen posibilidades de salir de Venezuela.
Cada vez son menos los venezolanos que tienen posibilidades de salir de Venezuela.

 

Mientras veo impaciente la pista por la ventanilla del avión me invade la incertidumbre de cuándo podré viajar de nuevo fuera de Venezuela.

Sentir que estoy a pocas horas de mi hogar, Caracas, me obliga a hacer un balance la aventura que significa hoy en día salir al extranjero desde Venezuela, la serie de obstáculos que hay que sortear, los trámites que hay que cumplir, y las cosas en que hay que pensar. Ciertamente salir al extranjero se ha vuelto un privilegio, pero es una prerrogativa muy cercana a la pesadilla.

Para comenzar las aerolíneas han reducido la frecuencia de sus vuelos a Venezuela, así como el número de sus asientos disponibles. En el peor de los casos, algunas simplemente dejaron de volar a este país sin ofrecer a los venezolanos opciones para poder viajar, ya sea por negocios, porque van a visitar a un familiar o simplemente porque todavía tienen la posibilidad de disfrutar de vacaciones.

El gobierno le debe a las aerolíneas internacionales unos $4 mil millones de dólares por operaciones en Venezuela durante los últimos dos años, pero las empresas no han podido repatriar su dinero por el estricto control de cambio del país impuesto desde el año 2003.

Ese es otro tema del que también podría escribir cientos de líneas para dibujarles la realidad de Venezuela, porque tiene efectos negativos sobre la comida que no se consigue, los medicamentos que hay que buscar por diversas farmacias, etc. Pero les prometo que de esto les contaré más adelante.

Cuán difícil es conseguir un pasaje, se preguntarán. Pues un pasaje Nueva York-Bogotá costaba en mayo $540 dólares, y uno, Nueva York-Caracas, $5.000,00. Solo que ahora no hay oferta de boletos.

Para ir a mi destino, en un viaje que pude haber efectuado en ocho horas, invertí tres días, haciendo dos escalas, con los correspondientes costos de alojamiento que casi superan la asignación de los dólares otorgados por el estado para viajar, porque hasta lo que se puede consumir en el extranjero es controlado al venezolano.

El gobierno decide cuántos dólares —que tú pagas de tu bolsillo— puedes gastar fuera; dependiendo del destino tienes acceso a más cantidad: si vas a Miami, $700 dólares, pero si vas a Cuba te permiten consumir la totalidad de los $3.000 dólares del cupo anual que te asignan ¿Curioso, no?

¿Quieren sorprenderse aún más? La logística que implica salir de Venezuela también tiene sus dificultades. Si el vuelo sale a las 7:00 de la mañana hay que estar a las 3:00 de la madrugada en el aeropuerto que queda a 38.1 kilómetros de Caracas.

Salir de noche en Caracas implica un riesgo, si tomamos en cuenta que la inseguridad tiene secuestradas las calles de Venezuela.

Eso obliga, a quien puede, a tomar previsiones como viajar la tarde anterior, quedarse en un hotel cerca del aeropuerto para estar las cuatro horas previas que la agencia de viaje sugiere llegar, sin poner en peligro la vida.

Tan sólo en el mes de septiembre fueron asesinadas 423 personas en Caracas, según las cifras que publica la prensa venezolana, porque tampoco hay acceso a las cifras oficiales.

El asunto de viajar es tan complicado que va mas allá de despegar, llegar a destino y disfrutar. Los venezolanos que todavía podemos salir al extranjero no perdemos la oportunidad de regresar con lo que no hay en el país.

En condiciones normales el equipaje de un venezolano vendría lleno de ropa nueva, zapatos y el perfume de última moda. Ahora las maletas están cargadas de las medicinas que no se consiguen y que pueden comprarse sin receta médica.

Para que tengan una idea, mi maleta viene llena de acetaminofén, un analgésico de venta sin prescripción, recetado para tratar dos de las epidemias que en la actualidad mantienen en vilo a 45.745 personas que padecen dengue y 398 por chikungunya, en lo que va de año, según cifras del gobierno.

Los laboratorios han informado que la escasez de medicamentos en muchos casos llega hasta un 50%. ¿La causa? La misma crisis cambiaria que afecta la compra de pasajes aéreos.

En todo eso pienso ahora que faltan sólo tres horas para llegar a Bogotá, donde esperaré hasta el día siguiente para tomar otro vuelo hacia Caracas a reencontrarme con mi realidad.

Lo más paradójico es que todo esto sucede en un país como Venezuela que ha disfrutado de un largo período de altos precios en el barril de petróleo.

Y no sé cuándo volveré a salir de Venezuela, al menos por un buen tiempo.

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¿Navidades felices?

En las tiendas de Venezuela no se consiguen los juguetes de moda.

La navidad es momento de celebración y de regalos, pero en Venezuela el desabastecimiento y un control de cambio inadecuado frustran a quienes desean mantener la tradición.

Diciembre es la época más feliz para quienes festejan la tradición de la navidad, en la que algunos esperan la llegada del Niño Jesús y otros la de San Nicolás, y con ellos, los esperados regalos.

Al menos eso es lo que se supone.

Pero este año, a causa de la escasez y la crisis económica que vive Venezuela, esa emoción significa para algunos gastar más de lo que se tiene, y para otros incluso hasta lágrimas.

Una juguetería es el mejor lugar para conocer lo que pasa.

Olga Figuera, una mujer de más de 50 años, recorrió casi 500 kilómetros, desde Maturín, al oriente de Venezuela, hasta Caracas, solo para comprar el regalo de navidad de su nieta.

“Vine a esta juguetería porque sabía que aquí encontraría la muñeca. Donde vivo no la hay”, dice Figuera.

Al relatar su experiencia buscando el regalo, Figuera hace un esfuerzo por contener las ganas de llorar.

“Estoy pagando $28,23 dólares por la muñeca, es demasiado cara pero eso fue lo que mi nieta pidió, y estoy gastando la mitad de mis aguinaldos para comprarla”, relata Figuera acongojada.

La ley venezolana garantiza para todos los trabajadores a final de año una bonificación laboral mínima de 30 días de salario, o aguinaldo.

El vendedor de la juguetería, Carlos Romero, cuenta que la mayoría busca de regalo para niñas un muñeco que tiene un enorme parecido con un bebé, que cuesta el equivalente entre $14,70 y $34,70 dólares.

Este año el gobierno del presidente Nicolás Maduro decretó las “Navidades Felices”, un plan que inició el 1 de noviembre para fiscalizar la venta de alimentos, juguetes, ropa, calzado, electrodomésticos y artículos de ferretería “a precios justos”.

El superintendente de Precios, Andrés Eloy Méndez, ha dicho que el operativo se enfoca en esos rubros porque “estas son las seis áreas donde nuestro pueblo sale con sus aguinaldos de noviembre y diciembre para atender las necesidades de la familia”.

Sin embargo, Romero está consciente de que estas navidades “los precios de los juguetes se elevaron en exceso, pero pagan por ellos igual”.

En Venezuela el 80% de lo que se consume es importado, según estimaciones del sector privado.

Una pistola, que tiene un valor equivalente a $12,90 dólares, o unos muñecos convertibles, que varían según su modelo entre $14,40 y $35,20 dólares es la tendencia en regalos para los varones.

Hasta final de noviembre tenían sistema de apartado para los juguetes. De esta forma la persona podía ir abonando dinero a través del tiempo hasta completar el monto total del costo del juguete.

“Mucha gente comenzó a apartar desde enero por la escasez y también para garantizarse un buen precio”.

Pero asegura que para esta fecha es muy difícil conseguir los juguetes que más tienen demanda.

“De ese muñeco, que me llegaron 24, en día y medio ya no me quedaba ninguno”, dice Romero, testigo de cómo la mayoría de sus clientes compra solo con tarjeta de crédito para financiar el gasto que significan los regalos de navidad.

Swarny Olivero es cajera en una peluquería, donde gana salario mínimo.

Su hija de seis años también le pidió al Niño Jesús el muñeco de moda, y una tableta “pero de verdad”, recuerda Olivero las palabras de su pequeña.

“Tenía una tableta nueva guardada porque en enero, con el cupo de dólares, compré por internet una que me costó $200 dólares, para luego venderla y ganar así algo de dinero, pero no conseguimos comprador. Así que decidí darle esa, porque nueva, si la consigues, cuesta el equivalente a 235 dólares”, explica Olivero.

Desde 2003 existe control de cambio en Venezuela, con tres tasas diferentes. Aunque la oficial es de 6,30 bolívares por dólar, está reservada solamente para importar alimentos y medicinas.

Anualmente, el gobierno concede a las personas un cupo de $3.000 dólares para efectuar compras electrónicas y gastos en el extranjeros a través de la tarjeta de crédito.

Más allá de esa asignación, la mayoría de los venezolanos deben recurrir al mercado negro, donde el valor del dólar aumenta sostenidamente. Esta última semana aumentó tan solo en cuatro días de 160 a 170 bolívares por dólar.

A Olivero todavía le falta comprar el muñeco, que cuesta más que el salario mínimo, unos $28,75 dólares a tasa de mercado negro.

“Ella tiene seis años, cómo le digo que no tengo dinero para comprarle el regalo que le pidió en la carta al Niño Jesús”, dice Olivero resignada.

Al gobierno, parece olvidársele que las emociones no se decretan y los adultos hacen a veces hasta lo impensable a costa hasta de deudas que después no pueden pagar, para recibir una sonrisa de un niño complacido porque recibió su ansiado regalo de navidad.

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