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Nunca es tarde para un cuento

A sus 85 Celina Fiorillo de Sosa cree que no tiene nada que contar y se siente una más del montón. Pero con el humor y la vitalidad que la caracterizan comparte en este espacio las razones que la motivan a encontrarse todas las semanas con unos oídos y ojos inquietos que hayan en sus historias una razón para volar con la imaginación y por un momento dejar a un lado, esa férrea lucha con la que, a tan corta edad, intentan ganarle la batalla al cáncer. “Hacerlo no me hace especial a mí, eso me da felicidad”.

Un cabello blanco como la nieve, enmarca unos ojos verdes que se pierden en los surcos de su piel ajada por el tiempo. Pero solo en su cuerpo ha dejado huella, porque lejos de aquietarla, a sus 85 años se revela en ella una vitalidad que conocen solo quienes han vivido en el amor. Es precisamente ese el motor que mueve a Celina Margarita Fiorillo de Sosa, para cruzar la ciudad todas las semanas de su casa en El Llanito hasta el Hospital San Juan de Dios donde es una abuela cuenta cuentos.

Hay que remontarse a su pasado, a principios del siglo XX cuando en Los Teques, su ciudad natal escuchaba atenta los cuentos de su papá, de quien adquirió la afición por las historias de su pueblo. “Yo nací en 1925, en esa época casi ninguna mujer sabía leer ni escribir, pero yo leía porque mi papa nos inculcó la lectura. Leía cuentos tradicionales, con la salvedad de que nos decía que no era bueno terminar los cuentos con tanta violencia. La caperucita roja, por ejemplo, no se por qué el lobo se tiene que comer a la abuelita, será por eso que me siento aludida”, dice soltando una risa.

Su primer encuentro con los cuentos y los niños fue un asunto fortuito, quizás un truco para lograr la atención de un salón de clases, de alumnos de conducta irregular, en el Correccional Preorientación de Los Teques en 1943, cuando tenía 18 años. “Me había graduado de laboratorista y fui a hacer una suplencia dando clase de matemáticas. No sabía como manejar a un grupo de alumnos. Un día estaban incontrolables los muchachos y a mí se me ocurrió contar un cuento y comencé a hablar duro sin dirigirme a nadie, poniéndole interés a los personajes del cuento. Los muchachos eran terribles, con antecedentes penales, pero se fueron sentando. Y yo pensé, cuando se acabe el cuento se arma el jaleo otra vez, y les dije: —hasta aquí, ahora vamos a sacar cuentas y el fin de este cuento será para mañana—. Ellos se quedaron entre lelos y encantados. Yo no lo podía creer y eso me llevó a un convencimiento: niño es niño y eso no se lo quita nadie. Niño es niño aunque esté en un correccional, aunque tenga dolores, esté lleno de angustia, miedo, con cáncer, hospitalizado, en las escuelitas de un barrio. Y hay que darle lo que necesita: amor, estimularlo, llenarle la cabeza de sueños. Ahí fue que comencé a contar cuentos”.

Como todo en la vida hasta contar cuentos tiene su secreto. “Hay que verle los ojos a los niños, y en ellos veo si el personaje gusta o no, y si no, invento otro. Varío los cuentos como quiero. El primero que inventé lo hice inspirada en dos sapitos que tenía en el jardín. El cuento se llama Saltarín el sapo. Cuando tenía 75 años vi en el periódico que el Banco del Libro iba a dar un taller de cuenta cuentos, y lo hice. Íbamos a contar cuentos en los hospitales con el programa Abuelita cuéntame un cuento. En ese taller aprendí a perder el miedo a contar cuentos, a que uno puede soltar su imaginación, aprendí que darse, entregarse contando un cuento es algo muy bello. Cuando se acabó el taller seguí sola, mi esposo me llevaba y me esperaba. Escogí el Hospital de Niños. Un día una maestra me pidió que fuera con mi hijo, que es músico y ciego también, al sótano 2 donde están los niños con cáncer. Los niños estaban maravillados con mi octavo hijo que es un yucpa adoptado. Una de las trabajadoras me pidió que fuera a esa sala porque a nadie le gustaba ir a ese lugar. —Le dije: si no lloro, no tiemblo y no me desmayo vuelvo, —y volví a la semana siguiente. Eso sí, salí emocionada y lloré cuando llegué al carro. No podía creer que los hubiera hecho reír, ver los ojos de las mamás que me miraban y me abrazaban y me agradecían. Esas palabras y esos abrazos me llenaron mucho. Cuando ves una cara marcada por la enfermedad, pero la ves reír, es la cara más bella del mundo. ¡Qué fácil es producir esa sonrisa! ¿Por qué todos no producimos esa sonrisa, si es tan fácil? ¿Cómo una vieja como yo que va allí ante un niño que muchas veces sabe que se va a morir, que tiene miedo, que tiene angustia, hace que se sonría? ¡Es tan fácil echar un cuento y el resultado es algo tan lindo! Es gratificante.

En el Hospital de Niños estuvo siete años y medio hasta agosto de 2009. Después comenzó a ir al Hospital San Juan de Dios, y a pesar de que su esposo, su compañero y su cómplice en esta aventura de contar cuentos, murió, continuó yendo en taxi. Pero no solo los niños hospitalizados escuchan sus historias. También cuenta cuentos en el barrio José Félix Ribas con las catequistas de colegio Champagnat. “Los cuentos tienen que tener valores y antivalores, para que los niños los reconozcan”.

Celina recrea las historias no solo con su voz, también lo hace con sus manos con las que da forma a sus personajes en madera, telas y otros materiales que consigue de “buenas almas”. “Yo cuento los cuentos con títeres, porque escogí hacerlo para niños enfermos en los hospitales. Los niños que tienen cáncer, tienen angustias, miedo, dolores, y si una vieja con un libro va a contar cuentos no le prestan mucha atención, pero si va con un títere es diferente. Los cuentos no son una cosa maravillosa porque no soy literata, pero aspiro que estos cuentos expresen lo que quiero, dar amor y ternura, sobre todo ternura. Creo que es el sentimiento más bello, porque proviene del amor. Yo aspiro a que mis cuentos y mi manera sencilla les transmita ternura”.

Al recordar cómo fue la primera vez que contó un cuento ante los niños del hospital, guarda silencio. Mira un cielo azul de estos pocos que ha tenido diciembre, y se le iluminan los ojos verdes que al sonreír se pierden en los pliegues de la piel que hacen los años. “Yo había llevado unos instrumentos de resonancia, una pandereta, castañuelas, hechas de tapitas de refresco y se los repartí a los niños. Comencé a contarles que estábamos en Guatire en las fiestas patronales en la plaza y cada uno era un personaje, un chichero un vendedor de flores, había un niño bien tremendo y se paró con la pandereta y salió del salón hacia el pasillo del hospital. Me tocó perseguirlo y yo no podía correr y tuve que pedir ayuda a los pasantes del hospital, ¡recójanme a esos muchachos que no me van a dejar venir más! decía. Imagínate, en el pasillo sonando la pandereta, ¡pacatán pacatán! Nunca supieron que era yo la causante de tal alboroto. Me sentí feliz y ellos se sintieron felices también”.

Pero no solo felicidad ha sentido de compartir con estos niños. “Lo más duro es ver morir a mis niños… He visto morir a muchos. Había una muchachita, que recuerdo todavía, porque a ella le escribí un cuento y pedí permiso para entrar en aislamiento y la mañana cuando llegué al hospital con los títeres para verla me dijeron que se había muerto. Yo venía con aquella ilusión para contarle lo que trabajó mi esposo en la madrugada para tener los títeres… Ese día la tristeza no me dejó. No conté cuentos”.

-¿Qué cree usted que hace un cuento en un niño?
Cuentos es muy fácil echar, si no, recuerda cuántos has metido tú. Lo bueno de los cuentos es que abres como una ventana, y te metes en un mundo mágico, irreal en el que cabe todo lo que tú quieras: lo bueno lo agradable y lo gracioso. Un cuento estimula la imaginación, y aunque los sueños en los cuentos no pueden hacerse realidad, en la vida real de otros sí.

-¿Podría vivir sin contar cuentos?
No puedo porque dentro de mí tengo mucho que dar y el tiempo que he vivido ha sido poco para todo lo que Dios me ha dado. Quiero hacer salir eso y es un granito de arena; con los cuentos brota algo de mí, es una forma de dar amor y ternura. Me habría gustado ser una heroína y hacer algo por mi país. ¡Pero es tan poquita cosa lo que puedo hacer! Contando cuentos puedo aportar un granito de arena, quizás alguna palabra que yo diga haga reflexionar a alguien y lo haga ser mejor. Y a mis paisanos, esos niños, darles felicidad. Entonces pienso que sí estoy haciendo algo por este mi país que estoy amando desde 1925 cuando nací. Yo podría irme de Venezuela, pero, por qué me la voy a dejar arrebatar… Yo no puedo dar un discurso pero sí puedo ir al barrio José Félix Ribas a contarles cuentos a los niñitos.

Publicado en Sexto Poder
26/12/2010