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No hay paz para la miseria

La sala de espera enmudeció de repente. Suspendidos en las mentes de las mujeres quedaron por un momento sus versiones de los hechos, en este este caso de los que habían sido víctimas. Las uñas sobre las teclas dejaron de sonar, una expresión de asombro de la interrogada y de las que esperaban su turno hizo eco en la oficina tras la salida de una mujer de la puerta contigua. La forma de su cuerpo a simple vista podía confundirse con el de una embarazada vestida con ropa deportiva, pero su forma realmente era reflejos la mala vida que llevaba a sus escasos 45 años. Salió del cubículo con el mismo sigilo que había entrado minutos antes para entregar un documento en la oficina del Ministerio Público, a medio terminar o medio destruir. Tabiques sin puertas, sin vidrios divisorios, propicios para oídos indiscretos que siempre quieren saber la historia del otro.

La diligente secretaria tomaba declaraciones a otra mujer, cuyo talante era totalmente opuesoa al de la que hacía segundos había aparecido en el lugar. Uñas arregladas, cabello sedoso y brillante, peinado de peluquería que vestía una camisa que a simple vista resaltaba la calidad de la tela. Ella, periodista, relataba a la funcionaria de la fiscalía cómo había sido agredida cinco meses antes por simpatizantes del gobierno del presidente Hugo Chávez. Los chavistas, como se autodenominan, o talibanes, como son calificados por la oposición, conmemoraban ese día, el 11 de septiembre de 2002, seis meses de los sucesos del 11 de abril, cuando el presidente fue, según unos, derrocado, pues según otros se trató de un vacío de poder.

Pero también festejaban un año de la caída de las torres gemelas en Nueva York, a causa de un ataque terrorista. El lugar del suceso, donde la periodista recibió unos palazos de una mujer, que bien hubiera podido ser su abuela, fue Puente Llaguno, sobre la avenida Baralt, ubicado en el corazón de Caracas, que luego de esos hechos se erigió como uno de los lugares simbólicos de la llamada revolución chavista.

La señora, menuda, de hombros caídos, que seguramente soportaban el peso de su miseria, desvió la atención de la secretaria de las declaraciones que tomaba a la periodista para entregarle un papel, requisito necesario para poder agilizar una inspección forense.
—Esta es la copia de la cédula de mi hija, la vine a traer porque ella no puede hacerlo, —explicó la mujer.

Lo que pensó le iba a quitar unos minutos a la funcionaria pública se le hizo una impaciente y pedagógica explicación de cómo era el procedimiento para su caso.

—Usted con este papel que me está entregando debe esperar ahora que la fiscalía distribuya su expediente para que el fiscal que se va a encargar de su caso emita la orden para hacerle la evaluación a usted y a su hija, — le dijo la secretaria, quien terminando la frase la empató con una pregunta: —¿Tiene algún golpe? —dirigiéndole la voz sin levantar la mirada dando por cerrada la conversación. En un dejo de fastidio la periodista dejó caer su cuerpo hacia atrás en la silla, demostrando su impaciencia porque la señora continuaba hablando.

—Bueno la verdad es que no tengo golpes —dijo la mujer bajando la mirada para esconder la vergüenza que llevaba en la cara—, pero usted sabe que la que nos agredió a mí y a mi hija es mi hermana, y ella es VIH, es alcohólica y drogadicta.

En ese instante cambió el clima en el ambiente de la sala. La secretaria levantó la mirada, y la periodista desvió la suya del dispositivo electrónico en donde tenía la vista clavada y en el que estaba absorta.

—Yo no quiero que la metan presa sino que la internen… —dijo la mujer haciendo un esfuerzo por articular las palabras, pero no pudo completar la frase que quedó atrapada entre sus dientes, y la auxiliar del fiscal la ayudó.
—Sí, en una institución donde puedan cuidarla, —completó la funcionaria.

Días antes, su hermana, en un arrebato por el crack, la más barata de las drogas, de fácil acceso para los que menos tienen, tomó una hojilla afeitadora y se lanzó sobre su sobrina que dormía en la misma pieza de cuatro metros cuadrados donde viven las tres, con la intención de afeitarle la cabeza en medio del fragor de su éxtasis.

Con un gesto de sumisión, dio un paso tras otro caminando hacia atrás agradeciendo a la empleada por la información y se fue de la oficina dejando a su salida la estela de su miseria.

El vuelo de la libélula

Pinta una escena de El pájaro guarandol, un baile tradicional del oriente venezolano, sobre un lienzo fondeado en acrílico rojo. De uno tan intenso como el de la sangre que brotó de su ojo derecho por los golpes que recibió de un vecino hace nueve años. El haber perdido la vista en ese ojo no le impide a Rodolfo Albarrán continuar haciendo lo que desea.

Su rutina comienza a las seis y media de la mañana en la entrada de su casa. Un muro de ladrillos, de bloques de arcilla desnudos, separa la calle del espacio donde trabaja, que mide casi una vara por cinco. Suficiente como para sentarse en una silla, que recuesta de la pared de la entrada, frente al caballete, y tener espacio además para colocar los cuadros a secar luego de terminada la jornada. Está vestido con una camisa azul a medio abotonar, lo que deja al descubierto parte de su torso peludo que se confunde con una larga barba blanca que casi le llega al ombligo. Su cabello gris, que nace desde la mitad del cráneo le cae en ondas hasta los hombros. Lleva unos lentes con los que quizás le da potencia a su ojo izquierdo que hace la función de los dos.

La coordinación para llegar hasta su casa fue un trabajo de meses que contó con la ayuda de Tahiry Baute, amiga universitaria y periodista, quien tuvo la fortuna de conocer, en julio de 2015, a Flor Canavire —la compañera de Albarrán desde hace casi 30 años—, en una feria de pequeños y medianos artesanos y empresarios en el hotel Mare Mare de Puerto La Cruz, en el estado Anzoátegui. Allí intentaba, como usualmente lo hace, vender un cuadro de Albarrán.  Del dinero que gana con la venta de sus lienzos es que se mantienen.

En el trayecto a su casa en la calle Andrés Bello, en el sector Valle Lindo de Puerto La Cruz, desde el centro comercial en Barcelona donde nos encontramos, Flor delata lo reservado de su carácter al hablar —casi obligada— de su relación con él. Pero al hacerlo sus ojos brillan, tanto como las gotas de sudor que en su frente morena semejan una diadema.

—Lo conocí de forma fortuita—dice sin poder contener la risa cómplice que hace  esconder sus ojos. Se fue a vivir con él a los seis meses dejando plantado al novio con el que se iba a casar, a pesar de que su familia se opuso por considerarlo “bohemio”. Ella tenía un cargo político en el partido Copei y solo lo veía los fines de semana porque trabajaba en Boca de Uchire, a 116 kilómetros de Puerto La Cruz. La errancia de Albarrán y Flor los llevó a diversas ciudades, entre ellas Caracas, a donde fueron a comprar materiales, ida por vuelta, pero se quedaron siete años en hoteles en zona de La Concordia. Allí pintaba en la plaza, donde se dio a conocer. En ese lapso hizo dos exposiciones en instalaciones militares.

— A medida que ha pasado el tiempo su pintura ha mejorado en los colores, los temas folclóricos que hace. Yo he sido su inspiración —deja colar una risita contenida— la que lo ha ayudado mucho a que siga adelante, investigando para que los cuadros queden más bonitos. Estudia sobre los colores y las diferentes culturas, porque además dicta talleres de títeres y pintura a niños entre 8 y 10 a través del Ministerio de Cultura desde hace 19 años.

Crónica completa

Conseguir carne: misión imposible

Neveras vacías son constante en automercados y carnicerías en Venezuela.

 A la escasez de alimentos y productos básicos que enfrentan los venezolanos se suma ahora la de carne, que hasta ahora había sido esencial en su dieta.
“¡Aquí no se come carne, ni aquí, ni aquí tampoco!” La frase de un juego infantil tradicional venezolano refleja la realidad que enfrentan muchos de los venezolanos que ahora también sufren escasez de carne.

Luis Berríos es uno de ellos. Tiene 34 años y trabaja en el área aduanal, y ha tenido que salir de su trabajo por carne.

“Llevo tres días buscando carne”, dice al entrar en la carnicería de Miguel Simón en el este de Caracas. Es la cuarta que visita en la mañana.

“Tengo casi tres semanas sin comer carne porque no consigo y mi hijo de dos años comienza ya a comer carne. Cuando uno tiene hijos hace lo que sea necesario por alimentarlos”, dice con pesadumbre.

Berríos tiene la mitad de su vida bajo el gobierno chavista. Jamás imaginó que su realidad estaría tan cerca a la de Cuba, donde los ciudadanos no tienen acceso a la carne de res, que es considerada un artículo de lujo.

“No tengo esperanza de que esto cambie ni a corto ni a mediano plazo”, dice Berríos.

“Tengo esperanza de conseguir carne, de poder comprar lo que quiera, de no tener que hacer cola. Creo que todos los venezolanos nos merecemos eso, vivir bien. No merecemos estar en esta zozobra”.

El carnicero responde a Berríos que puede anotar su pedido en una lista y esperar cinco días a ver si le llega algo de carne.

En otras carnicerías hay carteles pegados en la nevera en los que se explica a los clientes que no ofrecen carne porque no pueden venderla a pérdida y por el “terror” a ser multados por despacharla a un precio superior al fijado por el gobierno.

Ese el mismo temor que confiesa Simón.

“Ahora trabajo con la reja abajo y a media luz porque tengo miedo de que venga algún funcionario del gobierno a sancionarme porque vendo la carne a un precio con el que pueda ganarle algo. De lo contrario tendría que cerrar”, explica Simón quien acaba de recibir un aumento del triple de lo que paga por el local que arrienda desde hace 28 años.

En febrero pasado el gobierno del presidente Nicolás Maduro fijó el precio del kilo de carne de primera en el equivalente a $1,13 dólares.

Pero Simón la compra picada en pedazos a $4 dólares por kilo, que luego vende en el equivalente a $4,07 dólares. Su ganancia es de menos de 10 centavos de dólar por kilo.

“Ellos [el gobierno] saben que la carne no puede venderse a $1,13 dólares por kilo. El mismo gobierno echó a perder la ganadería. La solución no es atacar a quienes están trabajando”, replica Simón.

En toda Venezuela se han visto afectadas por la escasez de carne unas 6.500 carnicerías que tienen sus neveras vacías. Según la Asociación Venezolana de Frigoríficos, al mes de abril de 2015 la oferta de carne ha disminuido un 74%.

Venezuela dejó de ser un país exportador de carne y autoabastecedor de su mercado después de sufrir una política de intervención y expropiación de tierras, y de controles estrictos de precios que iniciaron en 2013.

El gobierno importa más del 50% de la carne que se consume, según la Federación Nacional de Ganaderos, pero la escasez de divisas que enfrenta el gobierno le ha impedido continuar su política de importación de carne con precio subsidiado a Bs.6,30 bolívares por dólar.

Berríos prefiere apostar a su suerte y no se anota en la lista que le ofrece Simón. Sale de la carnicería a seguir buscando carne para él y su familia, quizás, aferrado a esa convicción de que los venezolanos merecen una vida mejor.

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¿Navidades felices?

En las tiendas de Venezuela no se consiguen los juguetes de moda.

La navidad es momento de celebración y de regalos, pero en Venezuela el desabastecimiento y un control de cambio inadecuado frustran a quienes desean mantener la tradición.

Diciembre es la época más feliz para quienes festejan la tradición de la navidad, en la que algunos esperan la llegada del Niño Jesús y otros la de San Nicolás, y con ellos, los esperados regalos.

Al menos eso es lo que se supone.

Pero este año, a causa de la escasez y la crisis económica que vive Venezuela, esa emoción significa para algunos gastar más de lo que se tiene, y para otros incluso hasta lágrimas.

Una juguetería es el mejor lugar para conocer lo que pasa.

Olga Figuera, una mujer de más de 50 años, recorrió casi 500 kilómetros, desde Maturín, al oriente de Venezuela, hasta Caracas, solo para comprar el regalo de navidad de su nieta.

“Vine a esta juguetería porque sabía que aquí encontraría la muñeca. Donde vivo no la hay”, dice Figuera.

Al relatar su experiencia buscando el regalo, Figuera hace un esfuerzo por contener las ganas de llorar.

“Estoy pagando $28,23 dólares por la muñeca, es demasiado cara pero eso fue lo que mi nieta pidió, y estoy gastando la mitad de mis aguinaldos para comprarla”, relata Figuera acongojada.

La ley venezolana garantiza para todos los trabajadores a final de año una bonificación laboral mínima de 30 días de salario, o aguinaldo.

El vendedor de la juguetería, Carlos Romero, cuenta que la mayoría busca de regalo para niñas un muñeco que tiene un enorme parecido con un bebé, que cuesta el equivalente entre $14,70 y $34,70 dólares.

Este año el gobierno del presidente Nicolás Maduro decretó las “Navidades Felices”, un plan que inició el 1 de noviembre para fiscalizar la venta de alimentos, juguetes, ropa, calzado, electrodomésticos y artículos de ferretería “a precios justos”.

El superintendente de Precios, Andrés Eloy Méndez, ha dicho que el operativo se enfoca en esos rubros porque “estas son las seis áreas donde nuestro pueblo sale con sus aguinaldos de noviembre y diciembre para atender las necesidades de la familia”.

Sin embargo, Romero está consciente de que estas navidades “los precios de los juguetes se elevaron en exceso, pero pagan por ellos igual”.

En Venezuela el 80% de lo que se consume es importado, según estimaciones del sector privado.

Una pistola, que tiene un valor equivalente a $12,90 dólares, o unos muñecos convertibles, que varían según su modelo entre $14,40 y $35,20 dólares es la tendencia en regalos para los varones.

Hasta final de noviembre tenían sistema de apartado para los juguetes. De esta forma la persona podía ir abonando dinero a través del tiempo hasta completar el monto total del costo del juguete.

“Mucha gente comenzó a apartar desde enero por la escasez y también para garantizarse un buen precio”.

Pero asegura que para esta fecha es muy difícil conseguir los juguetes que más tienen demanda.

“De ese muñeco, que me llegaron 24, en día y medio ya no me quedaba ninguno”, dice Romero, testigo de cómo la mayoría de sus clientes compra solo con tarjeta de crédito para financiar el gasto que significan los regalos de navidad.

Swarny Olivero es cajera en una peluquería, donde gana salario mínimo.

Su hija de seis años también le pidió al Niño Jesús el muñeco de moda, y una tableta “pero de verdad”, recuerda Olivero las palabras de su pequeña.

“Tenía una tableta nueva guardada porque en enero, con el cupo de dólares, compré por internet una que me costó $200 dólares, para luego venderla y ganar así algo de dinero, pero no conseguimos comprador. Así que decidí darle esa, porque nueva, si la consigues, cuesta el equivalente a 235 dólares”, explica Olivero.

Desde 2003 existe control de cambio en Venezuela, con tres tasas diferentes. Aunque la oficial es de 6,30 bolívares por dólar, está reservada solamente para importar alimentos y medicinas.

Anualmente, el gobierno concede a las personas un cupo de $3.000 dólares para efectuar compras electrónicas y gastos en el extranjeros a través de la tarjeta de crédito.

Más allá de esa asignación, la mayoría de los venezolanos deben recurrir al mercado negro, donde el valor del dólar aumenta sostenidamente. Esta última semana aumentó tan solo en cuatro días de 160 a 170 bolívares por dólar.

A Olivero todavía le falta comprar el muñeco, que cuesta más que el salario mínimo, unos $28,75 dólares a tasa de mercado negro.

“Ella tiene seis años, cómo le digo que no tengo dinero para comprarle el regalo que le pidió en la carta al Niño Jesús”, dice Olivero resignada.

Al gobierno, parece olvidársele que las emociones no se decretan y los adultos hacen a veces hasta lo impensable a costa hasta de deudas que después no pueden pagar, para recibir una sonrisa de un niño complacido porque recibió su ansiado regalo de navidad.

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La siembra del cuatro

El maestro Cheo Hurtado, promotor de la Siembra del cuatro.

En medio de la crisis que vive Venezuela, la música ejecutada con el cuatro, hace a quien la escucha por un momento, comprender todas las riquezas que tiene este país, que básicamente radican en su gente.
Dicen que la música es bálsamo para el alma. Pero para algunos es la razón de ser de su vida. Con más razón en esta época de crisis.

Eso lo demuestran los que agarran el instrumento venezolano por excelencia, conocido como “cuatro”, quienes con sus manos hacen volar a quienes los escuchan tocar.

Hace poco en un teatro de Caracas, en el escenario estaban dispuestas las sillas, y uno a uno se fueron incorporando los músicos, mientras Cheo Hurtado contaba la historia de cómo se creó su proyecto más preciado: “La Siembra del Cuatro”.

Esa noche, el proyecto celebró 10 años ininterrumpidos sembrando cuatros.

“La Siembra del Cuatro” parafraseó el título de un artículo periodístico escrito por el intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri en 1936, donde planteaba redirigir la renta petrolera a sectores que contribuyeran al desarrollo integral del país en el futuro. Eso no sucedió.

En Venezuela, el cuatro representa la esencia de la música popular tradicional. Desde el punto de vista físico y musical es una guitarra. Tiene forma de ocho, cuatro cuerdas, y tapa plana. Pero para Hurtado, quien habla de él en el escenario, el asunto va más allá.

“Para mí es el puente constructor de la sociedad venezolana. Lo veo así porque sus cuatro cuerdas para mí son el la de la paz, el re de la reconciliación el fa sostenido que es el fa de la familia y el si positivo que es lo que necesitamos todos en este país. Ese es el cuatro”, sentenció justo antes de que terminaran de sentarse en las sillas los otros cuatristas.

Pero en el caso que nos ocupa, “La Siembra del Cuatro” ha rendido muchos frutos.

Maestros músicos de la talla de Hurtado se han dedicado a sembrar el cuatro y promover el surgimiento de talentosos músicos venezolanos.

En ese escenario, producto de la cosecha, estaban Fermín Deyán, además del dúo Guasak4, integrado por Héctor Medina y Daniel Requena.

Asimismo, se hizo presente el C4 trío, integrado por Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez, tres jóvenes venezolanos que participaron en la siembra del cuatro en 2004 y 2005 y quienes recibieron su primer Grammy Latino en la categoría mejor grabación.

A modo de broma, pero presintiendo su triunfo, Hurtado los presentó a ellos como su Grammy personal.

La Siembra del Cuatro es así de literal. Pasa por sembrar madera como el cedro, el pardillo, el zapatero para que luego los luthiers fabriquen los cuatros.

Pero también por llevar el cuatro a las escuelas y una vez al año, desde 2004, convocar un concurso internacional, en el que se cosechan esas semillas sembradas, los ejecutantes, que demuestran sus destrezas con el instrumento musical.

Al igual que Hurtado, en Venezuela muchos crecen con un cuatro en la mano, pero hasta ahora pocos habían tenido la posibilidad de seguir creando melodías con ese instrumento. Son 300 los cuatristas que han sido ya cosechados.

La Siembra del Cuatro recibe apoyo del estado y de la empresa privada, asuntos que en otras esferas de la vida venezolana parecen irreconciliables.

Una vez todos cuatro en mano, la música comenzó a sonar. Los cuatristas charrasquearon de una forma tan magistral, casi imposible de describir con palabras.

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El turno de Cheché

Cheché Díaz un venezolano más víctima de la inseguridad

A diario en Venezuela la inseguridad mata, mutila vidas de hombres y mujeres que salen a vivir, o por qué no, a sobrevivir. En el caso de Cheché Díaz, fue diferente, y hoy puede contarlo.

La mayoría de los venezolanos, especialmente los caraqueños, al salir de su casa a diario han pensado al menos una vez: “salgo vivo y no sé si regreso”. Así de dramática es la realidad de quienes conviven con la inseguridad como una sombra de la que no pueden escapar. Y así de dramática se volvió la de Cheché Díaz, después del 30 de septiembre.

Esa tarde, al salir del periódico, donde trabaja como fotógrafo, no pensó que iba a ser protagonista de su propia crónica roja.

Cheché es un hombre flaco pero atlético. Caminaba pasadas las seis de la tarde con tres amigos más hacia el metro por el sector San Martín, en el oeste de Caracas. Decidieron tomar una ruta diferente a la habitual —y eso, aunque sin él saberlo marcaría su vida para siempre.

Cuando iban a cruzar la calle los sorprendió una pareja que se desplazaba en una moto y en la proximidad de la acera el parrillero los apuntó con un revólver .38 para robarles los teléfonos celulares.

—Mis amigos de inmediato le entregaron los teléfonos al que apuntaba con el arma. Yo estaba parado frente al ladrón, no tendría más de 18 años y se notaba drogado. Tenía el revólver tan cerca que veía cómo le temblaba el pulso. Yo venía muy cargado de energía a causa del grave problema de la delincuencia que vivimos y, sin pensarlo, cuando hice el movimiento para sacarme el celular del bolsillo, le cogí la mano con la que sostenía el arma y comenzó el forcejeo.

Solo fueron segundos los que pasaron entre los que sonó la detonación y Cheché y el ladrón cayeron al suelo, pero todavía él lo tenía agarrado por la mano que empuñaba el arma.

—No sé de dónde saqué fuerzas hasta que lo dominé y logré apuntarlo con el revólver y el conductor de la moto comenzó a aplastarme la cabeza contra el piso con su pie para que soltara el arma.

El disparo alertó a los vecinos de los edificios de la calle que comenzaron a gritar y a lanzar botellas desde las ventanas. Los ladrones decidieron escapar y Cheché quedó tirado en el piso.

En cualquier país donde las instituciones funcionan habría recibido atención inmediata luego de que se levantó del piso y se cayó nuevamente por no poder sostenerse en pie.

Hasta la estación del subterráneo, a unos 500 metros lo llevaron sus amigos buscando ayuda con la policía que allí se encontraba. No pudieron trasladarlo porque no había una patrulla.

—Sabiendo que tenía la bala comencé a sentirme mal y comencé a marearme con escalofrío y pensé: “¡voy a morirme aquí, me voy a morir!”.

Fue trasladado con un carro de su trabajo a una primera clínica pero no lo atendieron porque “no recibimos heridos de bala por un tema de seguridad”, le dijeron. Llegaron a una segunda clínica donde fue asistido casi una hora después de recibir el tiro.

Casi tres semanas después, recuerda el hecho con una mezcla de risa y sabor amargo.

—Al principio pensé que había sido una irresponsabilidad de mi parte. Hubo gente que me regañó, pero nadie sabe cómo va a reaccionar ante una situación como esa. Es mentira que tú le vas a entregar tus pertenencias al ladrón y todo acaba. Porque si no corres con suerte y está drogado o de mal humor, también querrá robarte tus zapatos, tu ropa y tu vida.
Para muchos venezolanos, víctimas de la inseguridad, el consuelo es pensar que las situaciones suceden por algo, al menos para Cheché. La vida le ha puesto esta prueba para pensar en su futuro y su destino en Venezuela. Ahora se dedica a la rehabilitación de su pierna, pero también a trabajar sobre la idea que le surgió de su tragedia.

—Los malandros siempre nos quitan cosas, pero también nos dejan algo, como en mi caso, que tengo una bala alojada en el cuerpo.

A mis amigos les quitaron el celular y a mí me dieron un tiro en la pierna. Ahora se ríe y dice que es un hombre biónico y que cuando esté en un aeropuerto sonarán las alarmas porque tiene un metal dentro de su cuerpo.

—Eran jóvenes, no van a hacer otra cosa, no van a dejar de drogarse, porque siendo delincuentes para ellos es la mejor forma de sobrevivir y lo van a seguir haciendo. Luego me entero que han atracado a gente que conozco, o por amigos, de personas que han muerto cuando las atracan y ha sido muy duro. Yo pude haber estado muerto, pero no van a poder contra mí.

Ahora la pierna evoluciona pero con un proceso de rehabilitación.

—Yo salía de mi casa a trabajar y no pensaba en el hecho de si podía volver o no, ahora pienso si realmente voy a volver a casa, si no voy a enfrentarme otra vez a una situación como esta. Cuando veo ahora a los motorizados siento miedo, pienso que me van a perseguir. El de la pistola no tenía más de 18 años, me dio la impresión de que rea un principiante. Sus movimientos delataban a alguien que estaba siendo puesto a prueba.

Le fue muy mal porque solo se llevaron los dos teléfonos de mis amigos y se quedó sin revólver. No me miraba a los ojos, sino a las manos, viendo nuestros movimientos.

El otro era más decidido, mayor, que le daba órdenes al otro.

Pero en su caso su tragedia le dio una idea para un proyecto que hoy día lleva a cabo. “Los malandros siempre nos quitan cosas, pero esta vez, nos dejan algo, como en mi caso que tengo una bala en el cuerpo”.

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