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No hay paz para la miseria

La sala de espera enmudeció de repente. Suspendidos en las mentes de las mujeres quedaron por un momento sus versiones de los hechos, en este este caso de los que habían sido víctimas. Las uñas sobre las teclas dejaron de sonar, una expresión de asombro de la interrogada y de las que esperaban su turno hizo eco en la oficina tras la salida de una mujer de la puerta contigua. La forma de su cuerpo a simple vista podía confundirse con el de una embarazada vestida con ropa deportiva, pero su forma realmente era reflejos la mala vida que llevaba a sus escasos 45 años. Salió del cubículo con el mismo sigilo que había entrado minutos antes para entregar un documento en la oficina del Ministerio Público, a medio terminar o medio destruir. Tabiques sin puertas, sin vidrios divisorios, propicios para oídos indiscretos que siempre quieren saber la historia del otro.

La diligente secretaria tomaba declaraciones a otra mujer, cuyo talante era totalmente opuesoa al de la que hacía segundos había aparecido en el lugar. Uñas arregladas, cabello sedoso y brillante, peinado de peluquería que vestía una camisa que a simple vista resaltaba la calidad de la tela. Ella, periodista, relataba a la funcionaria de la fiscalía cómo había sido agredida cinco meses antes por simpatizantes del gobierno del presidente Hugo Chávez. Los chavistas, como se autodenominan, o talibanes, como son calificados por la oposición, conmemoraban ese día, el 11 de septiembre de 2002, seis meses de los sucesos del 11 de abril, cuando el presidente fue, según unos, derrocado, pues según otros se trató de un vacío de poder.

Pero también festejaban un año de la caída de las torres gemelas en Nueva York, a causa de un ataque terrorista. El lugar del suceso, donde la periodista recibió unos palazos de una mujer, que bien hubiera podido ser su abuela, fue Puente Llaguno, sobre la avenida Baralt, ubicado en el corazón de Caracas, que luego de esos hechos se erigió como uno de los lugares simbólicos de la llamada revolución chavista.

La señora, menuda, de hombros caídos, que seguramente soportaban el peso de su miseria, desvió la atención de la secretaria de las declaraciones que tomaba a la periodista para entregarle un papel, requisito necesario para poder agilizar una inspección forense.
—Esta es la copia de la cédula de mi hija, la vine a traer porque ella no puede hacerlo, —explicó la mujer.

Lo que pensó le iba a quitar unos minutos a la funcionaria pública se le hizo una impaciente y pedagógica explicación de cómo era el procedimiento para su caso.

—Usted con este papel que me está entregando debe esperar ahora que la fiscalía distribuya su expediente para que el fiscal que se va a encargar de su caso emita la orden para hacerle la evaluación a usted y a su hija, — le dijo la secretaria, quien terminando la frase la empató con una pregunta: —¿Tiene algún golpe? —dirigiéndole la voz sin levantar la mirada dando por cerrada la conversación. En un dejo de fastidio la periodista dejó caer su cuerpo hacia atrás en la silla, demostrando su impaciencia porque la señora continuaba hablando.

—Bueno la verdad es que no tengo golpes —dijo la mujer bajando la mirada para esconder la vergüenza que llevaba en la cara—, pero usted sabe que la que nos agredió a mí y a mi hija es mi hermana, y ella es VIH, es alcohólica y drogadicta.

En ese instante cambió el clima en el ambiente de la sala. La secretaria levantó la mirada, y la periodista desvió la suya del dispositivo electrónico en donde tenía la vista clavada y en el que estaba absorta.

—Yo no quiero que la metan presa sino que la internen… —dijo la mujer haciendo un esfuerzo por articular las palabras, pero no pudo completar la frase que quedó atrapada entre sus dientes, y la auxiliar del fiscal la ayudó.
—Sí, en una institución donde puedan cuidarla, —completó la funcionaria.

Días antes, su hermana, en un arrebato por el crack, la más barata de las drogas, de fácil acceso para los que menos tienen, tomó una hojilla afeitadora y se lanzó sobre su sobrina que dormía en la misma pieza de cuatro metros cuadrados donde viven las tres, con la intención de afeitarle la cabeza en medio del fragor de su éxtasis.

Con un gesto de sumisión, dio un paso tras otro caminando hacia atrás agradeciendo a la empleada por la información y se fue de la oficina dejando a su salida la estela de su miseria.

El vuelo de la libélula

Pinta una escena de El pájaro guarandol, un baile tradicional del oriente venezolano, sobre un lienzo fondeado en acrílico rojo. De uno tan intenso como el de la sangre que brotó de su ojo derecho por los golpes que recibió de un vecino hace nueve años. El haber perdido la vista en ese ojo no le impide a Rodolfo Albarrán continuar haciendo lo que desea.

Su rutina comienza a las seis y media de la mañana en la entrada de su casa. Un muro de ladrillos, de bloques de arcilla desnudos, separa la calle del espacio donde trabaja, que mide casi una vara por cinco. Suficiente como para sentarse en una silla, que recuesta de la pared de la entrada, frente al caballete, y tener espacio además para colocar los cuadros a secar luego de terminada la jornada. Está vestido con una camisa azul a medio abotonar, lo que deja al descubierto parte de su torso peludo que se confunde con una larga barba blanca que casi le llega al ombligo. Su cabello gris, que nace desde la mitad del cráneo le cae en ondas hasta los hombros. Lleva unos lentes con los que quizás le da potencia a su ojo izquierdo que hace la función de los dos.

La coordinación para llegar hasta su casa fue un trabajo de meses que contó con la ayuda de Tahiry Baute, amiga universitaria y periodista, quien tuvo la fortuna de conocer, en julio de 2015, a Flor Canavire —la compañera de Albarrán desde hace casi 30 años—, en una feria de pequeños y medianos artesanos y empresarios en el hotel Mare Mare de Puerto La Cruz, en el estado Anzoátegui. Allí intentaba, como usualmente lo hace, vender un cuadro de Albarrán.  Del dinero que gana con la venta de sus lienzos es que se mantienen.

En el trayecto a su casa en la calle Andrés Bello, en el sector Valle Lindo de Puerto La Cruz, desde el centro comercial en Barcelona donde nos encontramos, Flor delata lo reservado de su carácter al hablar —casi obligada— de su relación con él. Pero al hacerlo sus ojos brillan, tanto como las gotas de sudor que en su frente morena semejan una diadema.

—Lo conocí de forma fortuita—dice sin poder contener la risa cómplice que hace  esconder sus ojos. Se fue a vivir con él a los seis meses dejando plantado al novio con el que se iba a casar, a pesar de que su familia se opuso por considerarlo “bohemio”. Ella tenía un cargo político en el partido Copei y solo lo veía los fines de semana porque trabajaba en Boca de Uchire, a 116 kilómetros de Puerto La Cruz. La errancia de Albarrán y Flor los llevó a diversas ciudades, entre ellas Caracas, a donde fueron a comprar materiales, ida por vuelta, pero se quedaron siete años en hoteles en zona de La Concordia. Allí pintaba en la plaza, donde se dio a conocer. En ese lapso hizo dos exposiciones en instalaciones militares.

— A medida que ha pasado el tiempo su pintura ha mejorado en los colores, los temas folclóricos que hace. Yo he sido su inspiración —deja colar una risita contenida— la que lo ha ayudado mucho a que siga adelante, investigando para que los cuadros queden más bonitos. Estudia sobre los colores y las diferentes culturas, porque además dicta talleres de títeres y pintura a niños entre 8 y 10 a través del Ministerio de Cultura desde hace 19 años.

Crónica completa

Dos años sin Chávez

No son pocos los decepcionados de Chávez y de su sucesor.

La partida física de Hugo Chávez sirve para contrastar la dicotomía que vive Venezuela: la de un gobierno que dice mantener su legado y la de una parte de los venezolanos desencantados de él.

Sus manos se apoyaban sobre el negro y frío mármol con el que está cubierto el féretro. Por segundo año, Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, le rindió honores a Hugo Chávez, quien antes de morir lo designó su heredero político.

En el Cuartel de la Montaña, en Caracas, donde Chávez se entregó tras el fallido golpe de Estado que intentó en 1992, reposan sus restos.

Desde abril de 2013, cuando Maduro ganó la presidencia, ha intentado mantener el “legado del comandante eterno”, como le llaman sus seguidores.

Pero lejos de caminar hacia el “mar de la suprema felicidad” como prometió Chávez a los venezolanos, estos sufren una crítica situación económica.

Maduro carga sobre sus hombros y alienta un modelo económico inviable sustentado en el llamado “Socialismo del siglo XXI”.

Las promesas de Chávez, y la realidad que se vive tras su muerte, quizás le habrán venido a la mente a Luis Pereda quien desde el oriente de Venezuela, en la isla de Margarita, vio a Maduro rindiendo tributo a Chávez por la prensa o la televisión.

Desde hacía 15 años Pereda, pescador de oficio en la semana, vendía cocos los fines de semana por necesidad frente a los restaurantes que había en playa El Agua, uno de los lugares más populares para turistas nacionales y extranjeros.

Pero ahora no sabe cómo ganará dinero, porque el gobierno de Maduro demolió los locales comerciales privados, con la promesa de construir un bulevar más atractivo para el turismo.

“Uno lo que anda es llorando porque ahora no tiene trabajo. Esto se ha caído por este gobierno, todo lo ha echado a perder. Yo voté por los dos, por Chávez y Maduro, pero estoy arrepentido por lo que están haciendo”, dijo a la Voz de América.

Teme que cuando las obras estén listas no lo dejen estar frente a la playa vendiendo cocos.

“Aquí va a estar mucha gente de real y no nos van a dejar entrar a trabajar”, agregó.

El parecer de Pereda contrasta con lo prometido por el chavismo: igualdad para todos.

En lo único que hay igualdad hoy en Venezuela es en la dificultad para conseguir alimentos, y en que durante el año que culminó su valor se incrementó en 102,5% según cifras oficiales.

A los chavistas ni siquiera la oración creada en honor a su líder los ha salvado de esa realidad que perciben en sus bolsillos cuando de llevar el pan a casa se trata.

“Danos hoy tu luz para que nos guíe cada día, no nos dejes caer en la tentación del capitalismo, mas líbranos de la maldad de la oligarquía, (…) Por los siglos de los siglos amén. Viva Chávez”, invocaron en septiembre pasado por primera vez, sin ver resultados.

El gobierno, encargado de continuar con lo que llaman “su legado”, se ha ocupado en el último año de demostrar, a los venezolanos y al mundo, que hay confabulaciones que intentan separar a Maduro del poder, postergando por esta causa, de forma recurrente, la toma de decisiones para hacer frente a la crisis.

Diversos voceros del oficialismo han dedicado su tiempo a promover la confrontación política con la oposición venezolana y constantemente con países como Estados Unidos.

Maduro incluso pidió este 5 de marzo, durante uno de los múltiples actos conmemorativos por los dos años de la muerte de Chávez, que salieran a la calle si algo le pasaba.

“Si ustedes amanecieran con una noticia de que me ha sucedido algo, salgan a la calle a restablecer la paz”, instó Maduro.

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La suprema infelicidad

Los venezolanos invierten parte de su día buscando los alimentos básicos y haciendo colas para poder comprarlos.

El gobierno de Venezuela asegura que los venezolanos son más felices ahora, aunque recientes sondeos de opinión reflejan lo contrario.

El gobierno del presidente Nicolás Maduro pretende ocultar la verdad, como quien busca tapar el sol con un dedo.

Intenta desaparecer las largas colas que debe hacer la gente para comprar alimentos, aspirando así acabar con el grave problema de escasez que sufren los venezolanos, y que es reflejo de la crisis económica que no ha tenido respuesta de su parte.

Según lo dijo el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, el 13 de enero pasado, “este es un pueblo feliz y todas las encuestas lo dicen, este es un pueblo atendido”, pero la cola en el supermercado no es reflejo precisamente de lo felices que son los venezolanos.

El gobierno ha amenazado a los comercios que tengan colas fuera de los locales acusándolos de querer promover una sensación de desabastecimiento.​

Así que las colas deben hacerse adentro. El calor de medio día las agudiza porque cientos de personas, agolpadas en todos los pasillos de un automercado, deben hacer la fila dentro del local para poder comprar azúcar.​

Las empresas que permitieron colas y sensación de desabastecimiento han corrido con peor suerte, como una red de farmacias y tiendas de conveniencia, que tienen a sus ejecutivos presos e imputados por boicot y desestabilización económica, delitos con penas de hasta 12 años de prisión y confiscación de sus bienes.

“No me siento más feliz”, dice Ricardo Contreras, un obrero de 30 años. “Para ellos todo está bien, pero nosotros somos los que estamos pasando las dificultades. Tengo cuatro horas haciendo cola por dos kilos de azúcar y mi bebé en los brazos”, se queja.

Al caminar con dificultad entre las personas se repite la imagen: carritos de compra en los que el único producto que va es azúcar, y solo dos kilos por persona.

“No me siento feliz”, también repite la frase como respuesta Eduardo Sánchez, un docente de 43 años.

“¡Mira la cola que estoy haciendo! Tengo que pedir permiso en mi trabajo, y cuando no, estoy como hoy en mi hora de almuerzo haciendo cola para poder comprar”, se lamenta Sánchez.

“Ahora tenemos que hacer la cola en Farmatodo [la red de farmacia contra la que actuó el gobierno] en el sótano, en los estacionamientos para que la gente no vea la cola en la calle y vea que hay patria, como dice el gobierno”, ironiza Sánchez, recordando la frase que dijo el fallecido Hugo Chávez el 8 de diciembre de 2012 en su última alocución antes de viajar a Cuba: “¡Qué nadie se equivoque, hoy tenemos patria”.

Hay otras personas en la fila, como Carolina Martínez, una profesora de 55 años, que, para responder si es más feliz en la actualidad, se remonta a otra de las polémicas decisiones del gobierno: la creación del Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, (2013) una oficina para gestionar las “solicitudes de ayuda que recibe el presidente”.

“Más feliz no, –dice Carolina– pero yo pregunto, si un día me siento triste ¿puedo llamar al ministerio de la Felicidad para ver si me pone en buen estado, que me cuente un chiste o me resuelva mi problema? En el mundo de él quizás sean felices, pero en este no”.

En el más reciente sondeo de opinión de la empresa Delphos, 80% de los venezolanos culpa a Maduro de sus problemas.​

Pero no todos piensan igual y hay quienes, en medio de la cola, manifiestan sentirse felices.

Luis, de 40 años, y dedicado al trabajo de construcción, quien también estaba haciendo la cola en su hora de almuerzo, fue parco al responder si era más feliz ahora. “En mi caso sí soy feliz, porque tengo vida y salud”, dijo, cortando cualquier posibilidad de repregunta.

Si tenía preferencia política o no por el gobierno, Luis también estaba haciendo la cola, porque ningún venezolano, común y corriente, escapa de la realidad que los consume: la escasez, el desabastecimiento, la inflación, que el gobierno justifica haciéndose la víctima de una supuesta “guerra económica” que dice estar combatiendo para la tranquilidad de la población.

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La “tumba” en el cuarto sótano

Esta es la última foto de Gerardo Carrero con su familia, antes de ser detenido tras el asalto al campamento en el que protestaba contra Maduro.

El estudiante Gerardo Carrero lleva seis meses confinado en el cuarto sótano de un edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia, en condiciones calificadas como “tortura” por su esposa y abogado.

El 4 de diciembre fue la última vez que Gerardo Carrero vio la luz del sol, durante su traslado al tribunal. Desde hace seis meses, vive en la llamada “tumba”.

Ya no sabe cuándo es de día o de noche. La único que escucha es el paso del tren del subterráneo sobre su celda ubicada en el cuarto sótano de un edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN), en Caracas.

Carrero es estudiante.

Dentro de su celda de 2 x 3 metros todo es blanco. La luz, que permanece las 24 horas encendida, es blanca también.

Solo tiene un colchón montado sobre una base de cemento. Las 24 horas del día es monitoreado por una cámara que todo lo ve.

La temperatura ronda entre los 15 y 18 grados centígrados.

Como esa celda hay otras seis, tres de ellas también ocupadas por otros jóvenes: Lorenth Saleh, Gabriel Valle y Juan Miguel De Sousa.

Así describe Carrero las condiciones en las que vive a su esposa, Mariana Serrano, quien al igual que él es estudiante de Ciencias Penales y Criminalísticas en la Universidad Católica del Táchira, en San Cristóbal, al oeste de Venezuela.

Carrero fue detenido en Caracas el 8 de mayo, durante el asalto que hicieron efectivos militares y policiales al llamado “campamento de la resistencia”.

Ese día, un grupo de estudiantes pretendió hacer resistencia pacífica de calle instalando carpas frente a la sede del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Caracas y 17 otros lugares de Venezuela.

Después de varios meses, de los 120 detenidos fueron liberados 112. Hoy, Carrero es uno de los cinco que permanecen privados de libertad y en proceso de juicio.

Carrero fue acusado obstrucción de las vías públicas, incitación a la desobediencia de leyes y tráfico de menor cuantía de drogas.

Dadas las difíciles condiciones en las que se encuentra, el pasado 7 de febrero Carrero y dos otros jóvenes iniciaron una huelga de hambre.

“Ahorita que está en huelga de hambre, cuando lo veo lo que hago es llorar. Yo no quiero que se muera”, dijo Mariana Serrano, su esposa de hace dos años y con quien tiene dos hijos.

“Cuando le pedí que desistiera de la huelga él me dijo: ‘Mariana yo estoy sepultado en vida, esta gente me está matando poco a poco, si esta gente lo que quiere es matarme yo voy a dar la guerra, voy a hacer un último intento para ser escuchado, para que sean respetados mis derechos’”, dijo Serrano a la Voz de América..

Esta es la segunda huelga de hambre que inicia Carrero.

“Hace la huelga de hambre pidiendo la unión de todos los venezolanos, por todos sus compañeros detenidos y por los presos políticos para que sean liberados. Piden el pronunciamiento de la ONU y que los saquen de ese lugar, porque no es apto para ningún humano”, agrega Serrano.

Carrero fue torturado tras su primera huelga de hambre en agosto pasado, según su esposa.

“Estando en el Helicoide [sede principal del SEBIN en Caracas] por una carta que le envió a [Nicolás] Maduro, y por la huelga de hambre en la que ya se encontraba, lo torturaron”, relató.

“El comisario Carlos Calderón le reclamó por qué hacía la huelga de hambre y él solo le respondió ‘libertad para Venezuela’. Luego de eso se lo llevaron a otro cuarto lo amarraron por las muñecas y lo colgaron durante 12 horas, y luego le dieron con unas tablas. Al día siguiente cuando lo soltaron cayó al suelo sin poder levantarse. Ese día era mi visita y yo noté una actitud extraña de los funcionarios y lo vi entrar cojeando y me contó todo esto. Además le dijeron que nos iban a matar a nosotros, a mí, a los niños, a su papá”, añadió Serrano.

Tras la denuncia de esta tortura fue trasladado a “la tumba”, como le llaman los mismos funcionarios policiales a la celda de confinamiento.

La situación judicial de Carrero no es la única que se registra en Venezuela, después de un año del inicio de las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro, quien ha dicho en el pasado que en este país “no hay presos políticos, sino políticos presos”.

El hecho se torna más grave cuando hay indicios para dudar de la independencia de los poderes del Estado.

El defensor del Pueblo, Tarek William Saab, representante de uno de los poderes del Estado, negó que en el SEBIN se practique algún tipo de tortura, pero posteriormente anunció que solicitó a esa institución policial “mejoras en las condiciones de reclusión a [los] cuatro detenidos”.

Los defensores de los detenidos cuestionan los testimonios de los reos por posibles temores a represalias.

“[Saab] dice haber entrevistado a uno de ellos, a Gabriel Valles, pero yo le pediría al defensor que no confíe mucho en un testimonio obtenido en el mismo lugar donde está siendo una persona torturada y con la presencia de los torturadores”, señaló Gonzalo Himiob, abogado de Carrero, quien por cierto solo ha podido verlo en el tribunal porque le han impedido visitarlo como lo contempla la ley.

Este tipo de “condiciones” a las que tienen sometidos a estos jóvenes no son nuevas en el mundo, según Himiob, y tienen como propósito “dejar secuelas psicológicas muy graves”.

Desde que está encerrado en la “tumba”, Carrero ha perdido 10 kilos, “aunque no se ha pesado desde que inició la huelga”, aclara su esposa.

“Me dijo que le duelen las piernas, que tiene dolor de cabeza, puntadas en el estómago. Antes, durante veinte días tuvo vómito y diarrea y lo que le dieron fue un suero y ya”, agregó.

El lugar donde cada martes y domingo Mariana ve a Gerardo está contiguo al espacio donde está aislado. Allí ha recibido a sus dos pequeños hijos, Gerardo y Santiago de seis y tres años respectivamente.

Allí hablan de un futuro juntos.

“Él quiere recuperar el tiempo perdido. Su papá le ha dicho que quiere que se vaya del país, pero Gerardo dice que no se va de Venezuela, que va a seguir luchando por un mejor país, de oportunidades, con seguridad para sus hijos”, dijo Serrano.

“Yo quiero que Venezuela sea igual a la misma en la que yo crecí. Con conciencia conozco la Venezuela del gobierno de Hugo Chávez, pero tengo conciencia de lo que comía antes, de que no te robaban por un par de zapatos”, agregó.

Pero para Mariana la esperanza es mayor que el temor.

“No tengo miedo, al contrario, cada día estoy más convencía y más fuerte. Gerardo y los que están presos se han encargado de demostrarnos que no estamos equivocados”, concluyó.

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La muerte viaja en dos ruedas

Situaciones como esta se repiten en Venezuela sin que sean controladas por las autoridades. [Foto: Twitter].

En las autopistas caraqueñas los motorizados protagonizan episodios anárquicos sin que la ley se les imponga, ni siquiera cuando a su paso asesinan a personas.

En Venezuela cuando se ve pasar un cortejo fúnebre, es reacción casi espontánea, hacerse la señal de la cruz, para que “la muerte no se acerque”.

Pero a Nathaly Trujillo, a su bebé que estaba supuesta a nacer seis días después y a su esposo los alcanzó este 16 de marzo. Quedaron atrapados en la autopista Valle-Coche, una de las tres por las que se entra a Caracas, en medio del paso de un cortejo fúnebre escoltado por motorizados.

El suegro de Nathaly, que resultó herido, era quien manejaba la camioneta donde viajaban. Iban a buscar un documento que llevaría a la clínica donde nacería la bebé. Los motorizados le ordenaron detenerse para darle paso a la caravana, pero siguió su marcha. Por eso fueron alcanzados por seis hombres en tres motos que sin piedad descargaron sus armas.

El cortejo fúnebre llegó hasta el cementerio sin que detuvieran a nadie por el crimen.

Nathaly, una secretaria de 31 años que trabajaba en el Ministerio de Defensa no ha sido la única víctima de episodios como este. En octubre de 2013 dos personas fueron asesinadas en circunstancias similares.

Otros venezolanos, han corrido con mejor suerte ante una situación que ni siquiera el gobierno nacional ha podido controlar.

Inés María Peña, una asesora en tecnología de 46 años, salió de su casa el primero de enero de 2010 hacia la playa y quedó atrapada en el tráfico en la autopista hacia el oriente de Venezuela. Veía cómo aumentaba el número de motos a su alrededor.

“Los motorizados que quedaron entre los carros les daban golpes. De repente unos comenzaron a darle vueltas a mi carro, y uno que iba en una moto con un candado empezó a romperme los vidrios. Cuando me quiebra el segundo, bajo el vidrio de mi ventana y le entrego el celular, pero me lo lanzó de vuelta dentro del carro”, recuerda Peña.

“Esa cara de odio que tenían los motorizados, no la entendía porque no les había hecho nada. No terminaron de romper los vidrios porque el candado se les cayó dentro del carro. Al carro de adelante, que tenía niños a bordo, le hicieron lo mismo” agrega.

Aunque desde 2011 existe un reglamento sobre el uso y circulación de motocicletas que prohíbe utilizar motos en cortejos fúnebres, las protestas y amenazas de los motorizados ha impedido su aplicación.

Según la Asociación de Industriales, Fabricantes y Ensambladores de Motociclos, en los últimos cuatro años fueron vendidas en Venezuela 1.411.266 motos de baja cilindrada.

Peña recuerda que al mes del suceso se fue del país. “Lo hice por miedo, pero eso se olvida y regresé”, dice sin arrepentimiento.

“Ellos no son la causa, sino una de las consecuencias de todos los problemas que tenemos en este país”, reflexiona resignada sin encontrar solución.

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Conseguir carne: misión imposible

Neveras vacías son constante en automercados y carnicerías en Venezuela.

 A la escasez de alimentos y productos básicos que enfrentan los venezolanos se suma ahora la de carne, que hasta ahora había sido esencial en su dieta.
“¡Aquí no se come carne, ni aquí, ni aquí tampoco!” La frase de un juego infantil tradicional venezolano refleja la realidad que enfrentan muchos de los venezolanos que ahora también sufren escasez de carne.

Luis Berríos es uno de ellos. Tiene 34 años y trabaja en el área aduanal, y ha tenido que salir de su trabajo por carne.

“Llevo tres días buscando carne”, dice al entrar en la carnicería de Miguel Simón en el este de Caracas. Es la cuarta que visita en la mañana.

“Tengo casi tres semanas sin comer carne porque no consigo y mi hijo de dos años comienza ya a comer carne. Cuando uno tiene hijos hace lo que sea necesario por alimentarlos”, dice con pesadumbre.

Berríos tiene la mitad de su vida bajo el gobierno chavista. Jamás imaginó que su realidad estaría tan cerca a la de Cuba, donde los ciudadanos no tienen acceso a la carne de res, que es considerada un artículo de lujo.

“No tengo esperanza de que esto cambie ni a corto ni a mediano plazo”, dice Berríos.

“Tengo esperanza de conseguir carne, de poder comprar lo que quiera, de no tener que hacer cola. Creo que todos los venezolanos nos merecemos eso, vivir bien. No merecemos estar en esta zozobra”.

El carnicero responde a Berríos que puede anotar su pedido en una lista y esperar cinco días a ver si le llega algo de carne.

En otras carnicerías hay carteles pegados en la nevera en los que se explica a los clientes que no ofrecen carne porque no pueden venderla a pérdida y por el “terror” a ser multados por despacharla a un precio superior al fijado por el gobierno.

Ese el mismo temor que confiesa Simón.

“Ahora trabajo con la reja abajo y a media luz porque tengo miedo de que venga algún funcionario del gobierno a sancionarme porque vendo la carne a un precio con el que pueda ganarle algo. De lo contrario tendría que cerrar”, explica Simón quien acaba de recibir un aumento del triple de lo que paga por el local que arrienda desde hace 28 años.

En febrero pasado el gobierno del presidente Nicolás Maduro fijó el precio del kilo de carne de primera en el equivalente a $1,13 dólares.

Pero Simón la compra picada en pedazos a $4 dólares por kilo, que luego vende en el equivalente a $4,07 dólares. Su ganancia es de menos de 10 centavos de dólar por kilo.

“Ellos [el gobierno] saben que la carne no puede venderse a $1,13 dólares por kilo. El mismo gobierno echó a perder la ganadería. La solución no es atacar a quienes están trabajando”, replica Simón.

En toda Venezuela se han visto afectadas por la escasez de carne unas 6.500 carnicerías que tienen sus neveras vacías. Según la Asociación Venezolana de Frigoríficos, al mes de abril de 2015 la oferta de carne ha disminuido un 74%.

Venezuela dejó de ser un país exportador de carne y autoabastecedor de su mercado después de sufrir una política de intervención y expropiación de tierras, y de controles estrictos de precios que iniciaron en 2013.

El gobierno importa más del 50% de la carne que se consume, según la Federación Nacional de Ganaderos, pero la escasez de divisas que enfrenta el gobierno le ha impedido continuar su política de importación de carne con precio subsidiado a Bs.6,30 bolívares por dólar.

Berríos prefiere apostar a su suerte y no se anota en la lista que le ofrece Simón. Sale de la carnicería a seguir buscando carne para él y su familia, quizás, aferrado a esa convicción de que los venezolanos merecen una vida mejor.

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Aunque la justicia es ciega, llegará

Después de diez meses, los venezolanos ven agravadas la inseguridad, el desabastecimiento, la escasez y la violación de derechos humanos.

La violación de derechos humanos, delito que no prescribe, es la causa de las sanciones que ejercerá Estados Unidos contra funcionarios venezolanos

La acera palpita calor, pesa en el asfalto todo el sol del día.

La gente se agolpa en la entrada de un supermercado en la avenida Francisco de Miranda, en Caracas, donde ha llegado algún producto, uno de los desaparecidos de los anaqueles desde hace semanas.

Los ánimos de los que esperan resignados, no ayudan a sobrellevar la situación. Esta tarde venden azúcar y compotas.

Algunos comerciantes deben llamar a los agentes de la policía para evitar el caos o, en el peor de los casos, custodiar sus comercios.

Mientras en Estados Unidos, el presidente Barack Obama promulga una ley que sancionará a los funcionarios del gobierno del presidente Nicolás Maduro, acusados de violar los derechos humanos de quienes manifestaron en su contra en Venezuela, entre febrero y mayo pasado.

Mario Bebilacqua, un estudiante de comunicación social de 18 años, trata de alcanzar la calle evadiendo a los que se amontonan ante la puerta del supermercado.

Al ser abordado para pulsar su opinión sobre las sanciones aprobadas por Obama, responde recordando lo que le sucedió cuando fue convocada una movilización en apoyo a la diputada opositora depuesta María Corina Machado.

“Yo fui impactado por una bomba lacrimógena de la Policía Nacional el primero de abril en Caracas”, recuerda.

Bebilacqua lleva en su frente una cicatriz de 19 puntos que le recordará, por siempre, la represión de la policía durante las protestas en Venezuela contra el gobierno de Maduro. Su mirada aunque es esquiva, muestra una rabia contenida.

“Estados Unidos tomó la decisión correcta”, remata Bebilacqua.

Por su convicción de un país diferente no se ha convertido en emigrante. Sigue su camino y desaparece entre la multitud que sale de las oficinas en el momento en el que termina una día más de trabajo.

El remolino de personas yendo y viniendo con bolsas, es síntoma de una ciudad que busca refugiarse antes de que caiga la noche, pues ésta la deja aún más expuesta ante la inseguridad.

Hay quienes evaden hablar del tema de las sanciones porque son funcionarios públicos y siguen, apurados, su camino.

Pero las plazas parecen ajenas a esa prisa.

Son, por excelencia, el lugar obligatorio de encuentro de quienes pertenecen a la llamada tercera edad.

Al caraqueño le gusta hablar, expone sus ideas, siente que tiene que decir lo que piensa.

Silfrido Gómez, un músico de 63 años, aplaude la medida que tomó Estados Unidos para sancionar a funcionarios venezolanos acusados de violar derechos humanos.

“Todo el que la hace tiene que pagarla, los ladrones, los que están perjudicando al país…”.

La ley del Talión planteada en el siglo XXI.

Pero no todo el mundo ve las cosas igual. Mabel Marimón, una trabajadora residencial de 57 años, advierte que cada país es libre de ejercer las leyes que quiera, pero dentro de su territorio.

“Que hagan lo que ellos [Estados Unidos] estimen conveniente en su país, donde ellos mandan”, sostiene Marimón.

Estos testimonios dibujan la polarización que se vive en las calles, aunque las más recientes encuestas revelan una caída en la popularidad de Maduro, desde abril de 2013 a noviembre de este año, de casi 25 puntos.

Durante las protestas registradas entre febrero y mayo asesinaron a 43 personas. Al menos 38 casos de tortura fueron denunciados ante la ONU. Ante el silencio de la mayoría de los medios de comunicación social, las redes sociales dieron cuenta, en ese momento, de terribles escenas vistas en videos grabados por aficionados.

La inseguridad, el desabastecimiento, la escasez fueron las razones que movilizaron esas protestas.

La incapacidad del gobierno, de dar solución a esos problemas, encontró una sola salida: la represión.

Desde entonces y hasta ahora viene bajando por una empinada pendiente una avalancha que el gobierno de Maduro, heredero del chavismo, pareciera no tener cómo detener: pagar por las violaciones de derechos humanos.

La Corte Penal Internacional espera con paciencia.

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Venezolanos con las alas cortadas

Cada vez son menos los venezolanos que tienen posibilidades de salir de Venezuela.
Cada vez son menos los venezolanos que tienen posibilidades de salir de Venezuela.

 

Mientras veo impaciente la pista por la ventanilla del avión me invade la incertidumbre de cuándo podré viajar de nuevo fuera de Venezuela.

Sentir que estoy a pocas horas de mi hogar, Caracas, me obliga a hacer un balance la aventura que significa hoy en día salir al extranjero desde Venezuela, la serie de obstáculos que hay que sortear, los trámites que hay que cumplir, y las cosas en que hay que pensar. Ciertamente salir al extranjero se ha vuelto un privilegio, pero es una prerrogativa muy cercana a la pesadilla.

Para comenzar las aerolíneas han reducido la frecuencia de sus vuelos a Venezuela, así como el número de sus asientos disponibles. En el peor de los casos, algunas simplemente dejaron de volar a este país sin ofrecer a los venezolanos opciones para poder viajar, ya sea por negocios, porque van a visitar a un familiar o simplemente porque todavía tienen la posibilidad de disfrutar de vacaciones.

El gobierno le debe a las aerolíneas internacionales unos $4 mil millones de dólares por operaciones en Venezuela durante los últimos dos años, pero las empresas no han podido repatriar su dinero por el estricto control de cambio del país impuesto desde el año 2003.

Ese es otro tema del que también podría escribir cientos de líneas para dibujarles la realidad de Venezuela, porque tiene efectos negativos sobre la comida que no se consigue, los medicamentos que hay que buscar por diversas farmacias, etc. Pero les prometo que de esto les contaré más adelante.

Cuán difícil es conseguir un pasaje, se preguntarán. Pues un pasaje Nueva York-Bogotá costaba en mayo $540 dólares, y uno, Nueva York-Caracas, $5.000,00. Solo que ahora no hay oferta de boletos.

Para ir a mi destino, en un viaje que pude haber efectuado en ocho horas, invertí tres días, haciendo dos escalas, con los correspondientes costos de alojamiento que casi superan la asignación de los dólares otorgados por el estado para viajar, porque hasta lo que se puede consumir en el extranjero es controlado al venezolano.

El gobierno decide cuántos dólares —que tú pagas de tu bolsillo— puedes gastar fuera; dependiendo del destino tienes acceso a más cantidad: si vas a Miami, $700 dólares, pero si vas a Cuba te permiten consumir la totalidad de los $3.000 dólares del cupo anual que te asignan ¿Curioso, no?

¿Quieren sorprenderse aún más? La logística que implica salir de Venezuela también tiene sus dificultades. Si el vuelo sale a las 7:00 de la mañana hay que estar a las 3:00 de la madrugada en el aeropuerto que queda a 38.1 kilómetros de Caracas.

Salir de noche en Caracas implica un riesgo, si tomamos en cuenta que la inseguridad tiene secuestradas las calles de Venezuela.

Eso obliga, a quien puede, a tomar previsiones como viajar la tarde anterior, quedarse en un hotel cerca del aeropuerto para estar las cuatro horas previas que la agencia de viaje sugiere llegar, sin poner en peligro la vida.

Tan sólo en el mes de septiembre fueron asesinadas 423 personas en Caracas, según las cifras que publica la prensa venezolana, porque tampoco hay acceso a las cifras oficiales.

El asunto de viajar es tan complicado que va mas allá de despegar, llegar a destino y disfrutar. Los venezolanos que todavía podemos salir al extranjero no perdemos la oportunidad de regresar con lo que no hay en el país.

En condiciones normales el equipaje de un venezolano vendría lleno de ropa nueva, zapatos y el perfume de última moda. Ahora las maletas están cargadas de las medicinas que no se consiguen y que pueden comprarse sin receta médica.

Para que tengan una idea, mi maleta viene llena de acetaminofén, un analgésico de venta sin prescripción, recetado para tratar dos de las epidemias que en la actualidad mantienen en vilo a 45.745 personas que padecen dengue y 398 por chikungunya, en lo que va de año, según cifras del gobierno.

Los laboratorios han informado que la escasez de medicamentos en muchos casos llega hasta un 50%. ¿La causa? La misma crisis cambiaria que afecta la compra de pasajes aéreos.

En todo eso pienso ahora que faltan sólo tres horas para llegar a Bogotá, donde esperaré hasta el día siguiente para tomar otro vuelo hacia Caracas a reencontrarme con mi realidad.

Lo más paradójico es que todo esto sucede en un país como Venezuela que ha disfrutado de un largo período de altos precios en el barril de petróleo.

Y no sé cuándo volveré a salir de Venezuela, al menos por un buen tiempo.

Publicado en voanoticias.com